Mientras me desplazaba en carro por la avenida Nutibara, logré avizorar una de las tantas vallas que ubican en la ciudad. Esta no tenía en su contenido proyectos de vivienda, sino de lanzamiento de rentas cortas turísticas y así por el estilo, logré ver varias en diversos puntos.
El problema no está en la valla, el problema es que a Medellín la vendieron a diestra y sin diestra y aunque aparecemos como uno de los mejores destinos del mundo, los que nacimos y vivimos en ella, nos vamos preocupando y preguntando: ¿En cuál Medellín viviremos en el 2036? ¿Nos sentiremos como extraños en la ciudad que nos vio nacer? A veces llegué pensar que eso jamás sucedería, sin embargo y ante el panorama, Medellín enfrenta múltiples riesgos, pero el más latente: la explotación sexual comercial de niñas, niños y adolescentes. Y aunque ha habido avances, capturas y extranjeros devueltos, el problema viene de atrás sin que se hiciera mucho de fondo.
Desde hace años viene cocinándose una palabra en Medellín: GENTRIFICACIÓN. Según el diccionario de la Lengua Española, es un proceso de renovación de una zona urbana, generalmente popular o deteriorada, que implica el desplazamiento de su población original por parte de otra de un mayor poder adquisitivo.
Según José Fernando Valencia, experto en estudios urbanos: “Medellín se está transformando más allá de la gentrificación. Es una lógica bursátil en el sentido de que el mejor postor es quien mejor se acomoda. Hoy la mayoría de ciudades se construyen conforme a la percepción del mercado.
Tal parece que en la ciudad de la eterna primavera, el turismo es y será un renglón importante de nuestra economía y es un asunto indiscutible. Nadie se opone al crecimiento económico de Medellín pero ¿A qué costo?
Solo espero que mis hijos y los hijos de mis hijos disfruten de una ciudad de la que siempre nos sentimos orgullosos y que presumimos con un amor que solo nosotros entendemos. Los que nacimos o crecimos acá, sabemos que esta ciudad es imparable y que no es opción rendirse, sino salir adelante.
También creo que nos desbordamos en adjetivos para vender a la ciudad y quién no, pues habitarla es un placer. Solo esperamos que quienes lleguen y la habiten, lo hagan con respeto y cariño. No puedo decirles que cabemos todos, pero si hay visita, se atiende con buen café.



















